Se inclinó sobre si misma, dejando que el pecho tocara la arena húmeda entre sus piernas abiertas, extendió sus manos hasta la blanca espuma y dijo: abrázame.
Era la niña de los muchos nombres, María Fernanda, La Fer, Fernandina, Maruja, Marujita, Mariíta, mi hija de dos años que ignorando la fuerza del oleaje que nos privaba del baño en el mar y nos condenaba a la orilla, le pedía un acto de ternura.
De golpe llegaron a mi mente los versos de Dulce María Loynaz "cuando la ola llega impetuosa a la roca ¿la acaricia o la golpea?" y por asociación este documental hecho hace más de cinco años, pero que es un agradable recuerdo de mis años de realizadora de televisión.
Durante su filmación surgió un gran amor de un primer encantamiento, mi pasión por Gibara, ese hermoso pueblo que nunca olvido y que es una de las cosas que más extraño de Holguín.
Aquí sólo dejo un fragmento, con el riesgo que implica la mutulación a estos trabajos pero con el deseo de compartir la magia de La Villa Blanca.
Guión y Dirección: Yolanda Molina Pérez.
Fotografía: Eddy de la Pera.
Edición: Rafael Trinchet.
Voces en off: Mayda Pérez Gallego y Jaime Johan Batista.
Esta es una página sobre la realidad cubana, vista con el prisma personal de una periodista, que conoce sus matices y tratará de ser un vínculo más entre esta isla y el mundo.
viernes, 27 de junio de 2008
Gibara, río de mares.
sábado, 21 de junio de 2008
Yo invito
El café fuerte y amargo es una de mis bebidas favoritas, mejor si lo puedo acompañar de tranquilidad, buena charla y un cigarrillo. Consumidora habitual de él me hice en mis años de estudiante universitaria en la ciudad de Santiago de Cuba en la cafetería La Isabelica, donde preparan una variedad increíble de combinaciones a partir del grano del cafeto.
Sin embargo mi vínculo con el café es mucho más remoto, data de mi infancia, no lo consumía pero si seguía y podía repetir al dedillo las historias de mi madre criada en una finca cafetalera: sus juegos sobre los secaderos, las relaciones con los recogedores (mayoritariamente haitianos) que subían a aquellas serranías en los picos de cosecha, la sombra de los cafetales, su temprana responsabilidad de llevar a caballo las cantinas con el almuerzo para los miembros de la familia que se colgaban desde el alba el morral a la cintura y esperaban el anochecer escogiendo los mejores frutos de cada planta para hacer una recolección perfecta.
Nunca he recogido café, pero sé que es una tarea rigurosa, consumidora de mucho esfuerzo y molesta por los insectos que se multiplican en el húmedo y sombrío cultivo obligando al uso de ropas protectoras mientras el calor del trópico castiga el cuerpo, generalmente son zonas montañosas de suelos resbaladizos y todo atenta contra el hombre o la mujer que da el primer paso para unir la planta y la cafetera.
Cuando nací ya mis abuelos habían optado por vivir en la ciudad y la finca Vega Grande en el municipio de Buey Arriba, era solo un recuerdo contado una y otra vez, todavía hoy una parte de la familia posee cafetales, pero la reacción alérgica que siempre hice a las picaduras de los insectos hacía que mi madre me mantuviera fuera de ellos.
En mis años de ejercicio de la profesión más de una vez he estado en zonas cafetaleras, siempre como intrusa que llega en busca de los detalles productivos, pero tengo una empatía especial por estos productores, quizás por esas historias oídas en la niñez, lo cierto es que hasta donde sé son gente humilde, afable, hospitalaria y puedo decirlo lo mismo de aquellos que lo hacen en las montañas de Sagua de Tánamo en Holguín, en Viñales en Pinar del Río o en San Pablo de Yao en Granma.
También puedo dar fe del respeto que sienten por su oficio, y es eso precisamente lo que me ha desencadenado esta evocación, por estos días un dramatizado de producción nacional, enfoca la caracterización de uno de sus personajes secundarios sobre el rechazo, (podría decirse odio visceral) hacia la actividad cafetalera de su familia, mostrando una imagen de la misma indigna y lacerante, pienso en los miles de campesinos que buscan por la noche frente a su televisor un poco de entretenimiento, quizás rodeados de su descendencia y tienen que ver como estos escuchan denigrar el oficio que les lleva el pan a la mesa, sin duda debe ser como una bofetada en pleno rostro, tal vez podríamos considerarlo sólo un desacierto más de nuestros guionistas de televisión, pero es mucho más.
Es la irreverencia ante el trabajo duro, es la falta de respeto a la humildad del campesino, es la humillación a los hombres y mujeres que los sorprende el alba en el campo, y recae sobre ellos la responsabilidad de asegurarnos aunque nociva una placentera taza de café en la paz de nuestros hogares.
Pero la ofensa transgrede al mero grano y llega a todo aquel que renuncia al confort de la ciudad y vive en la sencillez de su lomerío, menos actualizado en tendencias del vestir, más alejado de los espectáculos o sucesos culturales afines a la ciudades pero más apegados a sus raíces, más identificados con su trabajo,más responsables de cada jornada en que los castiga la inclemencia del tiempo, más eficaces que aquellos que viven con la holgura de los beneficios que brinda la industria del ocio, la cual no existiría si ellos renunciaran a esa vida.
Detrás de cada alimento o bebida que llevamos a nuestras bocas hay un volumen de esfuerzo y consagración, respetémoslo en nombre de la hidalguía que han cultivado por siglos los campesinos cubanos y bebamos una taza de café en su nombre, yo invito.
Sin embargo mi vínculo con el café es mucho más remoto, data de mi infancia, no lo consumía pero si seguía y podía repetir al dedillo las historias de mi madre criada en una finca cafetalera: sus juegos sobre los secaderos, las relaciones con los recogedores (mayoritariamente haitianos) que subían a aquellas serranías en los picos de cosecha, la sombra de los cafetales, su temprana responsabilidad de llevar a caballo las cantinas con el almuerzo para los miembros de la familia que se colgaban desde el alba el morral a la cintura y esperaban el anochecer escogiendo los mejores frutos de cada planta para hacer una recolección perfecta.
Nunca he recogido café, pero sé que es una tarea rigurosa, consumidora de mucho esfuerzo y molesta por los insectos que se multiplican en el húmedo y sombrío cultivo obligando al uso de ropas protectoras mientras el calor del trópico castiga el cuerpo, generalmente son zonas montañosas de suelos resbaladizos y todo atenta contra el hombre o la mujer que da el primer paso para unir la planta y la cafetera.
Cuando nací ya mis abuelos habían optado por vivir en la ciudad y la finca Vega Grande en el municipio de Buey Arriba, era solo un recuerdo contado una y otra vez, todavía hoy una parte de la familia posee cafetales, pero la reacción alérgica que siempre hice a las picaduras de los insectos hacía que mi madre me mantuviera fuera de ellos.
En mis años de ejercicio de la profesión más de una vez he estado en zonas cafetaleras, siempre como intrusa que llega en busca de los detalles productivos, pero tengo una empatía especial por estos productores, quizás por esas historias oídas en la niñez, lo cierto es que hasta donde sé son gente humilde, afable, hospitalaria y puedo decirlo lo mismo de aquellos que lo hacen en las montañas de Sagua de Tánamo en Holguín, en Viñales en Pinar del Río o en San Pablo de Yao en Granma.
También puedo dar fe del respeto que sienten por su oficio, y es eso precisamente lo que me ha desencadenado esta evocación, por estos días un dramatizado de producción nacional, enfoca la caracterización de uno de sus personajes secundarios sobre el rechazo, (podría decirse odio visceral) hacia la actividad cafetalera de su familia, mostrando una imagen de la misma indigna y lacerante, pienso en los miles de campesinos que buscan por la noche frente a su televisor un poco de entretenimiento, quizás rodeados de su descendencia y tienen que ver como estos escuchan denigrar el oficio que les lleva el pan a la mesa, sin duda debe ser como una bofetada en pleno rostro, tal vez podríamos considerarlo sólo un desacierto más de nuestros guionistas de televisión, pero es mucho más.
Es la irreverencia ante el trabajo duro, es la falta de respeto a la humildad del campesino, es la humillación a los hombres y mujeres que los sorprende el alba en el campo, y recae sobre ellos la responsabilidad de asegurarnos aunque nociva una placentera taza de café en la paz de nuestros hogares.
Pero la ofensa transgrede al mero grano y llega a todo aquel que renuncia al confort de la ciudad y vive en la sencillez de su lomerío, menos actualizado en tendencias del vestir, más alejado de los espectáculos o sucesos culturales afines a la ciudades pero más apegados a sus raíces, más identificados con su trabajo,más responsables de cada jornada en que los castiga la inclemencia del tiempo, más eficaces que aquellos que viven con la holgura de los beneficios que brinda la industria del ocio, la cual no existiría si ellos renunciaran a esa vida.
Detrás de cada alimento o bebida que llevamos a nuestras bocas hay un volumen de esfuerzo y consagración, respetémoslo en nombre de la hidalguía que han cultivado por siglos los campesinos cubanos y bebamos una taza de café en su nombre, yo invito.
miércoles, 18 de junio de 2008
Cayos de San Felipe
Este es un segundo fragmento del trabajo que comprende el manejo de las áreas protegidas por la Empresa Nacional para la Conservación de la Flora y la Fauna en Pinar del Río.
Guión y dirección: Yolanda Molina Pérez y Manolo Rodríguez Salas.
Fotografía, edición y musicalización: Pedro Paredes Hernández.
martes, 17 de junio de 2008
Síndrome de cubanos.
Puede decirse que los cubanos de más de 25 años padecemos de un síndrome que podríamos llamar el "¿Tú te acuerdas...?", a partir de esa pregunta se desencadena una serie de evocaciones de los años 80 del pasado siglo, en los cuales había bonanza económica en el país, formábamos parte del extinto campo socialista, existía el CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica) que permitía la especialización de los países y a Cuba le correspondía en lo fundamental la producción de azúcar.
No había dificultades para comprar maquinarias, el petróleo llegaba en cantidades más que suficientes, incluso un país tropical como el nuestro importaba ¡encurtidos de ensalada!, los mercados abarrotados de productos, a precios asequibles, el salario alcanzaba, en fin...que son los gratos recuerdos de un pueblo que se equiparaba a naciones desarrolladas.
Pero como casi siempre sucede con las cosas que no dependen exclusivamente de uno, se derribó todo de la noche a la mañana y entonces entramos a la década de los 90 con el Período Especial...
"Mamá ¿por qué le dicen que es Período Especial si todo era malo? y lo especial es bueno", pregunta mi hija de nueve años y le explico que es una forma abreviada de algo más grande: Período Especial de Guerra en Tiempo de Paz, me ahorraré que tuve que explicar que es opción cero y economía de guerra, pero no me ahorraré las comparaciones que tuve que hacer para que ella viera que ahora son tiempos mejores.
En aquel entonces no aparecía de nada, un jabón podía costar hasta 60 pesos y feliz de encontrarlo, el dinero sobraba porque no había en que gastarlo, un libra de carne de cerdo hasta 150 pesos, esta se equiparaba inmediatamente al precio del dólar en la bolsa negra, no había Casas de Cambio, los apagones duraban tantas horas que no era necesario descongelar los refrigeradores, la grasa, los condimentos, todo era escaso y cualquier cosa que ahora para ti es normal era realmente un lujo, como las galletas saladas o de dulce...
La explicación fue mucho más extensa, pero después de esta conversación con ella reflexionaba en la naturaleza humana que ahoga los malos recuerdos, poco hablamos de esos momentos y lo hacemos como de pasada, para no recordar las carencias vividas, sin embargo deberíamos volver a ellos con más frecuencia para buscar un poco de optimismo y ver como hoy las cosas avanzan hacia la normalidad.
No voy a pretender que volvimos a la bonanza de los 80, pero las cosas que tenemos ahora, pueden variar y sufrir los efectos de la economía mundial, como parte del mundo globalizado en el que vivimos, pero estamos mucho más amparados que en aquel entonces y es que ahora las soluciones vienen más desde dentro.
Volvemos a tener redes gastronómicas, adiós a los apagones, poco a poco se revitaliza el transporte, se reparan policlínicas, hospitales y escuelas, volvemos a sentir el olor del asfalto recién vertido, las redes comerciales en moneda nacional poco a poco van poblando sus desabastecidos estantes, comenzamos a establecer la correspondencia entre productividad y salario ¿qué aún no es suficiente?
Lo sabemos, pero saber que salimos a flote después de tocar fondo debe concedernos la fuerza suficiente para nadar a contracorriente y encontrar tierra firme, cada brazo que se sume nos acercará a la meta.
Podrían ser estos malos recuerdos un acicate para el futuro, el punto al cual no queremos volver, y una vez dejado atrás la mirada al frente y el paso seguro para no caer.
Y sí seguiremos recordando los años 80, pero no como algo imposible, sino como el punto de referencia en el cual perdimos el camino, cuando lleguemos a él justo entonces comenzaremos a buscar la ruta hacia etapas superiores.
Muchos de los jóvenes de hoy no recuerdan ni el Período Especial, sería sensato en vez de recordarles lo bueno que fue antes de él, hacerlos notar la diferencia con lo que tienen hoy, tal y como hicieron nuestros abuelos para establecer el punto de giro que significó la Revolución.
La recuperación que hoy se percibe en muchos sectores es un acto de renacimiento que nada tiene de milagroso y sí de resistencia, esfuerzo y estrategias acordes a estos tiempos, valoremos lo que poseemos en la justa medida de lo que vale, que nuestra avaricia, puede enojar al camarón encantado y privarnos de lo que tenemos.
No había dificultades para comprar maquinarias, el petróleo llegaba en cantidades más que suficientes, incluso un país tropical como el nuestro importaba ¡encurtidos de ensalada!, los mercados abarrotados de productos, a precios asequibles, el salario alcanzaba, en fin...que son los gratos recuerdos de un pueblo que se equiparaba a naciones desarrolladas.
Pero como casi siempre sucede con las cosas que no dependen exclusivamente de uno, se derribó todo de la noche a la mañana y entonces entramos a la década de los 90 con el Período Especial...
"Mamá ¿por qué le dicen que es Período Especial si todo era malo? y lo especial es bueno", pregunta mi hija de nueve años y le explico que es una forma abreviada de algo más grande: Período Especial de Guerra en Tiempo de Paz, me ahorraré que tuve que explicar que es opción cero y economía de guerra, pero no me ahorraré las comparaciones que tuve que hacer para que ella viera que ahora son tiempos mejores.
En aquel entonces no aparecía de nada, un jabón podía costar hasta 60 pesos y feliz de encontrarlo, el dinero sobraba porque no había en que gastarlo, un libra de carne de cerdo hasta 150 pesos, esta se equiparaba inmediatamente al precio del dólar en la bolsa negra, no había Casas de Cambio, los apagones duraban tantas horas que no era necesario descongelar los refrigeradores, la grasa, los condimentos, todo era escaso y cualquier cosa que ahora para ti es normal era realmente un lujo, como las galletas saladas o de dulce...
La explicación fue mucho más extensa, pero después de esta conversación con ella reflexionaba en la naturaleza humana que ahoga los malos recuerdos, poco hablamos de esos momentos y lo hacemos como de pasada, para no recordar las carencias vividas, sin embargo deberíamos volver a ellos con más frecuencia para buscar un poco de optimismo y ver como hoy las cosas avanzan hacia la normalidad.
No voy a pretender que volvimos a la bonanza de los 80, pero las cosas que tenemos ahora, pueden variar y sufrir los efectos de la economía mundial, como parte del mundo globalizado en el que vivimos, pero estamos mucho más amparados que en aquel entonces y es que ahora las soluciones vienen más desde dentro.
Volvemos a tener redes gastronómicas, adiós a los apagones, poco a poco se revitaliza el transporte, se reparan policlínicas, hospitales y escuelas, volvemos a sentir el olor del asfalto recién vertido, las redes comerciales en moneda nacional poco a poco van poblando sus desabastecidos estantes, comenzamos a establecer la correspondencia entre productividad y salario ¿qué aún no es suficiente?
Lo sabemos, pero saber que salimos a flote después de tocar fondo debe concedernos la fuerza suficiente para nadar a contracorriente y encontrar tierra firme, cada brazo que se sume nos acercará a la meta.
Podrían ser estos malos recuerdos un acicate para el futuro, el punto al cual no queremos volver, y una vez dejado atrás la mirada al frente y el paso seguro para no caer.
Y sí seguiremos recordando los años 80, pero no como algo imposible, sino como el punto de referencia en el cual perdimos el camino, cuando lleguemos a él justo entonces comenzaremos a buscar la ruta hacia etapas superiores.
Muchos de los jóvenes de hoy no recuerdan ni el Período Especial, sería sensato en vez de recordarles lo bueno que fue antes de él, hacerlos notar la diferencia con lo que tienen hoy, tal y como hicieron nuestros abuelos para establecer el punto de giro que significó la Revolución.
La recuperación que hoy se percibe en muchos sectores es un acto de renacimiento que nada tiene de milagroso y sí de resistencia, esfuerzo y estrategias acordes a estos tiempos, valoremos lo que poseemos en la justa medida de lo que vale, que nuestra avaricia, puede enojar al camarón encantado y privarnos de lo que tenemos.
sábado, 14 de junio de 2008
El mejor.
Tuve la suerte de tener un gran compañero de juegos en mi infancia, un adulto que asumía el rol que a mí se me antojara, lo más frecuente era que fuese mi niño y ese papel alcanzó dimensiones tales, que tal vez pueda postualrme como la mujer que más tempranamente recibió regalos en un Día de las Madres, pues me hacía obsequios para esa fecha antes de que cumpliera los cinco años.
También yo solía ser su Reina, con besos en las manos y hasta en las plantas de los pies, cuando él "mi ruin y vil esclavo" osaba desobedecer mi voluntad, me enseñó a jugar cartas, dominó, palillos chinos, parchís, damas, ajedrez y aceptaba alguna que otra partida de yaquis, único en el cual su torpeza superaba a la mía.
Recuerdo un juego muy especial, uno nocturno de la peregrina, yo comía tamarindo me tragué una semilla y puso tanto empeño en impedir que volviera a suceder que terminé muy asustada con una crisis de llanto porque veía una mata creciendo en mi estómago y las ramas ahogándome al salir por la boca, para calmarme terminamos a la luz de una lámpara en un oscuro portal dando saltos de una casilla a la otra
Fui creciendo y ya no sólo jugábamos, intercambiamos libros, veíamos televisión juntos, a su lado aprendí el ABC de casi todos los deportes, mi formación estética mucho lo debe por sus juicios críticos sobre cine, música, ballet y literatura.
Chequeaba constantemente mis conocimientos y me ayudaba a estudiar, las conjugaciones verbales con recursos memotécnicos para facilitar su aprendizaje, ejercitaba mi rapidez en el cálculo él lo hace a velocidad casi alectrónica y esperaba otro tanto del resto de los humanos.
Fui creciendo y ya no jugaba a las casitas, hizo del juego de manos un arte para enseñarme a defender, me llevaba al teatro, nunca dejó de incentivarme en la búsqueda del conocimiento.
Si decía:"tengo que hablar contigo" en un tono serio me dominaba el terror, sus regaños eran lo peor que podía pasarme.
Fue de sus vasos donde ingerí los primeras gotas de alcohol, también bajo el principio didáctico de que toda mujer debe saber tomar, para que llegado el momento un hombre no pueda sacar ventaja de su estado de embriaguez.
Me hice mujer y siempre ha sido pródigo en halagos, especial para con mis hijas, las quiere, mima y consiente en exceso, comprensivo, incondicional...
Comparto este amigo con mi hermana, ella y yo coincidimos en que es el mejor HOMBRE que conocemos, ambas hemos llegado a proponerle matrimonio, incluso las dos a la vez, pero él se niega rotundamente porque dice que apenas nos puede resistir, porque somos sus hijas, que de ahí en fuera no se imagina capaz de sostener otro vínculo con nosotras, pero ambas somos fruto de lo que él se encargó en fomentar en nosotros.
Este tercer domingo de junio es el Día de los Padres, y yo tengo la suerte de poder asegurar sin temor a pecar de insensata de que el mío es EL MEJOR.
Te quiero papi, besitos pinareños de tu hija y tus nietas.
También yo solía ser su Reina, con besos en las manos y hasta en las plantas de los pies, cuando él "mi ruin y vil esclavo" osaba desobedecer mi voluntad, me enseñó a jugar cartas, dominó, palillos chinos, parchís, damas, ajedrez y aceptaba alguna que otra partida de yaquis, único en el cual su torpeza superaba a la mía.
Recuerdo un juego muy especial, uno nocturno de la peregrina, yo comía tamarindo me tragué una semilla y puso tanto empeño en impedir que volviera a suceder que terminé muy asustada con una crisis de llanto porque veía una mata creciendo en mi estómago y las ramas ahogándome al salir por la boca, para calmarme terminamos a la luz de una lámpara en un oscuro portal dando saltos de una casilla a la otra
Fui creciendo y ya no sólo jugábamos, intercambiamos libros, veíamos televisión juntos, a su lado aprendí el ABC de casi todos los deportes, mi formación estética mucho lo debe por sus juicios críticos sobre cine, música, ballet y literatura.
Chequeaba constantemente mis conocimientos y me ayudaba a estudiar, las conjugaciones verbales con recursos memotécnicos para facilitar su aprendizaje, ejercitaba mi rapidez en el cálculo él lo hace a velocidad casi alectrónica y esperaba otro tanto del resto de los humanos.
Fui creciendo y ya no jugaba a las casitas, hizo del juego de manos un arte para enseñarme a defender, me llevaba al teatro, nunca dejó de incentivarme en la búsqueda del conocimiento.
Si decía:"tengo que hablar contigo" en un tono serio me dominaba el terror, sus regaños eran lo peor que podía pasarme.
Fue de sus vasos donde ingerí los primeras gotas de alcohol, también bajo el principio didáctico de que toda mujer debe saber tomar, para que llegado el momento un hombre no pueda sacar ventaja de su estado de embriaguez.
Me hice mujer y siempre ha sido pródigo en halagos, especial para con mis hijas, las quiere, mima y consiente en exceso, comprensivo, incondicional...
Comparto este amigo con mi hermana, ella y yo coincidimos en que es el mejor HOMBRE que conocemos, ambas hemos llegado a proponerle matrimonio, incluso las dos a la vez, pero él se niega rotundamente porque dice que apenas nos puede resistir, porque somos sus hijas, que de ahí en fuera no se imagina capaz de sostener otro vínculo con nosotras, pero ambas somos fruto de lo que él se encargó en fomentar en nosotros.
Este tercer domingo de junio es el Día de los Padres, y yo tengo la suerte de poder asegurar sin temor a pecar de insensata de que el mío es EL MEJOR.
Te quiero papi, besitos pinareños de tu hija y tus nietas.
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