yo, Juan sin Nada no más ayer,
y hoy Juan con Todo,
y hoy con todo,
vuelvo los ojos, miro,
me veo y toco
y me pregunto cómo ha podido ser.
A inicios de la década del 90 del pasado siglo los cubanos fuimos sacudidos por la crisis derivada de la caída del campo socialista en Europa del Este, el impacto a nivel social se hizo sentir en apenas unos pocos meses, un país que se ufanaba de haber erradicado la prostitución y el proxenetismo los veía renacer en generaciones que solo conocían estos “oficios” por referencias históricas, para colmo se conocía en el mundo a las prostitutas cubanas como las más baratas.
Pero en ese afán nuestro por disimular las cosas feas, no las puteábamos, sino que las protegimos bajo el eufemismo de jineteras, el fenómeno ganó un auge impensado y ponerle coto derivó un conjunto de medidas, que amén de cuestionamientos eran comprensibles en ese momento, se limitaba la entrada de cubanos a las instalaciones turísticas frecuentadas por extranjeros.
Nos abríamos al turismo internacional después de tres décadas de aislamiento, el país estaba urgido de recaudar divisas y no se podía crear una infraestructura hotelera que no fuera la ya existente, en aquel entonces los cubanos estábamos excluidos del uso de estas instalaciones también por razones económicas, la tenencia de divisas constituía un delito, la vida, más rica que cualquier ley, demostró la necesidad de su despenalización y así en 1993 por obra y gracia del Decreto Ley 140, los cubanos pudimos contar los USD sin el susto de la prohibición, la autorización de entradas de remesas y de visitas para los exiliados completaban el panorama con el cual se acababa de borrar del paisaje nacional los últimos visos de igualitarismo.
Tengo, vamos a ver,
tengo el gusto de andar por mi país,
dueño de cuanto hay en él,
mirando bien de cerca lo que antes
no tuve ni podía tener.
Aún con la libre circulación de divisas seguimos siendo exceptuados de las instalaciones hoteleras, y hace poco (muy poco) se levantó esta restricción que si bien no es accesible para un por ciento considerable de la población al menos deja la posibilidad y levanta la exclusión.
Los precios no son cosa de juego, no para la economía doméstica promedio que los ve como si siguieran estando vedados, este verano entre las ofertas hechas por empresas del turismo se encuentran paquetes con la modalidad de todo incluido, que abrieron las puertas a un número de instalaciones y polos impensados hace sólo unos meses, entre estos, al menos para los pinareños se encuentra Varadero.
Tuvimos la suerte de contarnos entre quienes pudimos pagar una de las ofertas y disfrutar de cuatro días y tres noches en Villa Tortuga, el nivel de expectativas era muy alto y no salimos satisfechos, 2 adultos y cuatro menores nos costó la nada módica cifra de 358 CUC (la moneda nacional equivalente a la divisa), al viajar con niños se impone al menos la tenencia de una reserva como protección para cualquier accidente o imprevisto, (que salir de la instalación y hacer gasto fuera de ella nunca estuvo en pronóstico, por lo costoso que sería), en fin que esas breves vacaciones nos costaron poco más de 10 mil pesos en CUP (la moneda nacional tradicional).
Con semejante inversión lo menos que usted espera es quedar muy, pero muy complacido, pero no fue así las ofertas en el restaurant buffet: exiguas, inconstantes; negligente el servicio, le pregunté a una camarera si es que estaban por encima de su capacidad habitual, porque sino ¿cómo explicar que hubiese que aguardar por el abastecimiento de platos fuertes, por la disponibilidad de utensilios como platos y cubiertos?
En los bares las meriendas pobres en ofertas y pésimas en calidad, el cuestionamiento de los bármanes por lo que consumías, en mi caso personal la primera noche fue muy desagradable cuando traté de llenar el termo de la habitación con leche para mi hija menor que suele tomar en el horario de la madrugada, ¿puede alguien querer acaparar leche en una habitación sin nevera?, reclamar tus derechos de cliente no es precisamente el programa de unas vacaciones.
En más de una ocasión escuché al personal de servicio hablar de la “falta de cultura” que tenemos los cubanos para estas ofertas, es cierto que hay quienes abusan de la barra abierta y sustraen bebidas alcohólicas que rellenan en recipientes en sus habitaciones, otros sólo tenemos un buen beber y deseamos satisfacerlo mientras estamos de descanso, máxime cuando pagamos para ello.
Y si es muy probable que estemos carentes de “cultura hotelera”, pero hay ya varias generaciones que crecieron o nacieron al amparo de una prohibición para estar en ellos ¿se le pueden pedir peras al olmo?
Pero realmente lo que más me desagradó fue apreciar la falta de respeto y consideración hacia el cliente nacional, un menosprecio por los intereses y gustos de quienes somos sus coterráneos , el único cóctel que tomé con un poco de dignidad lo conseguí gracias a que le expliqué al barman que sabía como se hacía, hice otros intentos y pusieron sobre la barra una mezcla colorida y dudosa servida en vasos desechables, ofensiva ya no para quien se precie de poseer una “cultura alcohólica”, sino para cualquier hombre o mujer que disfrute de la presentación mínima que requiere un buen trago.
El aseo de las habitaciones y la climatización tampoco fue lo que esperábamos, el TV sin control remoto, pero aún así Varadero sigue siendo Varadero y cuando hay ese mar por delante los pequeños olvidan todo y los mayores ajustamos nuestras expectativas.
Fuimos testigos de mayor afabilidad y atención por directivos y funcionarios que por los trabajadores, la carencia de propinas, parece que desestimula su profesionalidad porque no dudo de que esto no es lo que distingue a Varadero como destino turístico.
Quiero significar que esto no es un trabajo periodístico, es una opinión de un cliente, o mejor de algunos de ellos, hay otros que han regresado muy satisfechos de otros hoteles según me consta, pero no dediqué mi breve estancia en ese balneario que llevaba más de una década sin visitar, a confrontar criterio o buscar información.
Tengo, vamos a ver,
que siendo un negro
nadie me puede detener
a la puerta de un dancing o de un bar.
O bien en la carpeta de un hotel
gritarme que no hay pieza,
una mínima pieza y no una pieza colosal,
una pequeña pieza donde yo pueda descansar.
Al final me quedo con la duda de si realmente tengo o no tengo Varadero, porque aunque lo pague, no recibo el servicio que espero, los cubanos tenemos fama de hospitalarios, pero cuidado con los que se vuelven serviles.
Y he usado este poema de Nicolás Guillén en este trabajo con todo el respeto que siente este pueblo por las conquistas de 50 años de Revolución, más de un chiste se hizo a costa de estos populares versos en esta isla, las cosas que perdimos se irán recuperando de a poco, pero se necesitan como certezas y no sólo como espejismos.