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lunes, 16 de marzo de 2009

Ausencia.

Llevo varios días perdida, no ha sido por falta de deseos, pero el tiempo no me lo ha permitido y compromisos de trabajo han exigido cierta premura, hoy apenas si puedo estar frente al ordenador del cansancio pero estaré fuera por dos semanas y no quería irme sin dejar constancia de ello, voy a visitar a mis abuelos.
Muy al contrario de otras oportunidades en que hago estos viajes no estoy alegre, no son unas vacaciones de placer, voy en lo que debe ser la despedida de mi abuela, es penoso el pensarlo, pero de nada sirve el engaño ante lo inevitable,
lo peor es hacerlo sin que mis hijas lo perciban y que a la vez hagan de este viaje algo especial, no es sólo uno más de sus gustados viajes a Oriente...
Espero poder disfrutar de mi estancia allá y que la tristeza no ensombrezca estos días, a inicios de abril estaré de vuelta

miércoles, 18 de febrero de 2009

Para conjurar la muerte.


Anoche una llamada tardía trajo la noticia: murió tía Nena, la hermana mayor de mi abuelo, era ella con la que menos roce teníamos, pues desde que nací vivía en La Habana, una o dos veces al año nos veíamos, como todos los integrantes de la familia Pérez alegre vital, con una hermosa cabellera blanca, nunca teñida pero si cuidadosamente cortada y peinada.
La muerte de ella me apena, no me sorprende como no sucede después de que alguien pasa los 90 años, pues los sabemos desde hace mucho pasados del tiempo vital que gozamos los humanos, lo que más me afecta de esta pérdida es su impacto sobre mis abuelos, hace apenas unas semanas falleció un hermano de mi abuela y sé que sacan cuentas nada alentadoras, mi egoísmo me hace desearlos junto a mí y me duele que se centren en una cuenta regresiva.
La salud de mi abuela me tiene hace unos cuantos días preocupada, ya precisa de un andador, su movilidad es casi nula y se limita sólo al interior de la casa, esa llamada inesperada me ha llenado de la zozobra de saber que en cualquier instante serán ellos, ha sido como si sentara la muerte en la sala de mi casa,o peor la he colgado en mi alma, yo también empiezo a hacer sumas y restas y me preocupa que el tiempo no me alcance para volver a verlos, para estar una vez más en su casa, hacerles su café matutino, cocinarles, darles la alegría de unos días con sus bisnietas.
Los sé ancianos y por ende más propensos al fin, pero desde anoche tengo la desesperanza de que su vitalidad se acaba, que el mito de la longevidad también caduca y le está llegando el tiempo de vencimiento a los patriarcas de mi clan, no es cuestión de pensamientos negativos o ser pájaro de mal agüero, es miedo a la muerte, su muerte,me percato de que la irreverencia con que aprendí de ellos a tratarla nos hace tal vez más vulnerables, pues no nos deja el consuelo de los rituales, en estos momentos trato de deshacerme de mi pesimismo y congoja, los vuelvo a traer a este espacio, porque hoy siento la necesidad de abrazarlos, decirles cuanto los quiero y retribuirles el consuelo que tantas veces me ofrecieron en la vida.
¿Qué se hace con un mar de nostalgia y la esperanza zozobrando en lo inevitable?

martes, 30 de septiembre de 2008

Por los abuelos, adultos mayores

El olor a café recorre la casa desde horas tempranas y comenzamos a salir de nuestros cuartos como hormigas, los pequeños vestimos los uniformes, los adultos se alistan para ir al trabajo, Mamá y Papá se acomodan en la cocina a ver el ir y venir.
De acuerdo a las necesidades y preferencias propias, desayunos diferentes, tazas de café personalizadas: para Enrique el viejo fuerte y amargo, Sergio y Enrique el joven con más azúcar, el de Julia menos fuerte, Josefa claro y dulce, Fela la vecina lo toma igual y todavía hoy no sé Esperanza Brito, abuela querida cómo te gusta el café a ti, te he servido algunas tazas, sacadas de cafetera, igual para todos, pero tú que serviste cientos,miles quién sabe si millones de tazas de café en tu vida, no nos hiciste saber cuál es el punto exacto de tinta y azúcar que debe llevar para satisfacer tu paladar.
 
Cuidaste tus nietas, y te quedaste en casa, entre la máquina de coser, el fogón, el cuidado de enfermos, el arte de adivinar los deseos de Sergio y hacerlos complacer, erigiéndolos como estandarte en aras del cual todos los demás debíamos de claudicar...
No te estoy cuestionando abuela, eres una de las cosas buenas que he tenido tengo y quisiera retener a mi lado por siempre, especialmente ahora que no eres la mujer diligente y llena de fuerzas, que fuiste, pero pienso que con esas energías que tenías si el tiempo te hubiese permitido nacer unos años después estarías entre quienes gozan a plenitud de la tercera edad, desde la perspectiva de una mayor inserción social y no sólo como la retaguardia doméstica.
Como he dicho otras veces procedo de una familia longeva y desde pequeña estuve rodeada por personas que superaban los sesenta años, y lo hacían sin aspavientos, con una vitalidad y lucidez que me ha permitido conocer de viva voz sus historias pintorescas, desde esos circos ambulantes hechos por los Pérez (los hermanos de mi abuelo) o las luchas en la clandestinidad desde las faldas de la Sierra Maestra en apoyo al Ejército Rebelde, las décimas de doble sentido donde han quedado inmortalizadas las infidelidades de mayor connotación en la familia, las anécdotas que han marcado punto de referencia y así cuando algo acaba ras con ras "quedó como el maíz de tío Chencho" y si expones una débil excusa para justificar el retraso todo el mundo sabe "que te cogió el tren de Chencho", que según tío Corebo "de la crianza de los muchachos: hacerlos".
Podría hacer infinita esta enumeración, pero fueron los hermanos de mi abuelo y mi abuela personas muy importantes en mi infancia, creo que en gran medida a ellos les debo una educación enraizada en tradiciones: no se va a casa de nadie sin avisar, no se hace ruido al mediodía que la gente está durmiendo la siesta, no se toca a las personas cuando se saludan, uno mira de frente y a los ojos que bajar la vista es de sinvergüenza, a los mayores se les dice Usted, señor o señora.(para quien conozca la naturaleza del cubano saben que eso me convierte en un BICHO social)
Nos enseñaban sus juegos, nos hacían trampas y nos enredaban en sus bromas, pasaban tiempo con nosotros y me parecía rutinario estar rodeada por cinco o seis de mis tíos abuelos mientras ellos bebían alguna botella de ron y celebraban por cualquier razón, por el cumpleaños de alguno de ellos, de los viejos, de los hijos, de los nietos, o simplemente porque decidieron pasar ese día juntos, recordando sus vidas y dándose el afecto enriquecido por décadas de vida y la comprensión de esta sobrepasando los límites del diario subsistir.
 
Tengo la suerte infinita de que muchos de ellos todavía me acompañan, y es que "los Pérez Brito hay que matarlos,no se mueren", ojalá y eso fuera totalmente cierto, porque algunas tumbas van llevando esos amados apellidos, pero veo en sus ralas cabelleras, lentos andares, verrugas de piel,más razón para la ternura, me reconforta saberlos amados por sus descendientes de la manera en que nos enseñaron a amar a sus progenitores también, me gusta saber que a pesar de sus años se afanan en cuidar de nosotros, y aún les cuesta entender que no queremos otra cosa que verlos ahí, Abuelo tú orgulloso de tus medallas, Abuela rezongando por los rincones porque ya no puede hacer lo que hacía antes ¿y quién puede o quiere que tú lo hagas?
 
Posted by Picasa

En Cuba cada vez encontraremos más ancianos a nuestro paso y no sólo haciendo colas al lado de un estanquillo de periódicos, sino que ellos estarán más incorporados a la vida activa y requieren un mayor respeto por la cuota de sacrificio que implica su entrega en cualquier puesto de trabajo.
Hay que borrar la imagen de la abuelita o el abuelito reducidos al barrio y los quehaceres domésticos, son tiempos de aprovechar sus experiencias y sus energías, propiciándoles amor y confianza los ayudaremos a seguir.
Los ancianos en Cuba no están desprotegidos, pero no se trata de cuidar viejitos, sino de crear una infraestructura que responda a una sociedad longeva, estamos a tiempo de ir haciéndolo y para los que se resisten a la idea, piensen que están hoy asegurando su bienestar del mañana, que a todo el mundo le gusta decir que aumenta la expectativa de vida en el país, así que ver multiplicarse las canas y arrugas a nuestro alrededor, es un buen signo, vamos camino a la vejez, no a ser viejos, sino adultos mayores: útiles, felices y plenos.
Por lo pronto mantengamos ese afecto filial por ellos y para aquellos que ya no pueden formar parte de los nuevos programas que de a poco se implementan, rindámosle la mayor gloria de la vejez, la perpetuación de ellos en nosotros.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Luces de la vejez.

Por Yolanda Molina Pérez.
Uno de esos días en que las malas noticias y los disgustos te sacan de la cama, al amanecer, Rosa y Pepe me salvaron de tener una jornada de angustia.
Me encontraba en un hospital cuidando de una enferma y de repente entra el camillero trasladando una anciana, los escoltaba un caballero también en la senectud, sólo pasarla para la cama y le brotaron las lágrimas, son una rapidez que nadie podía imaginar para sus años Pepe buscó en su bolsillo el pañuelo para enjugar el rostro de su amada.
Cubrió la encorvada espalda de ella con su flácido brazo y se dio a la tarea de consolarla con la ternura de un juvenil amante, “no te vayas”, le pidió ella con una súplica y él replicó con tono ofendido: “¿cómo podría dejarte?”.
Por varios días disfruté de ver la solicitud con la cual Pepe le prodigaba atención a las necesidades de Rosa, no había hijos para alternar en los cuidos, y es que al parecer la vida envidiosa después de haberlos preñado con ese amor auténtico y duradero, les arrebató la dicha de la prole.
Pese a los cuidados, los años se empeñaron en agravar el estado de esta mujer, el médico dio indicaciones de traslado y explicó las razones para el mismo, me brotaron lágrimas al ver la angustia de Pepe mientras mesaba sus cabellos, la agilidad con que recogió sus pertenencias y ultimó detalles para que no demorarán en mover a su esposa, la tristeza con que marchaba detrás de la camilla, con el mentón hendido sobre el pecho, no por el peso de los años, sino por la preocupación.
Esa fue la última vez que los vi, pude haber ido a saber de ella, pero prefiero pensar que se recuperó y que están de vuelta en su hogar, no quisiera que la realidad cambiase mi final imaginado y es que de ser así yo no podría hacer por él, lo que hicieron por mí, matarme la angustia.
Me renovaron la esperanza de que aún existe el amor eterno, de que la pureza, la fidelidad persisten en los humanos más allá de los avatares y las penas que acarrea la subsistencia.
Rosa y Pepe me dejaron el dulce sabor de que la vejez tiene sus luces propias, más allá de cuidar descendientes y recibir sus mimos.