miércoles, 3 de mayo de 2017

Paralelo...




Yo también hice pruebas de ingreso a la universidad, no recuerdo ni por asomo haber tenido la tensión que tengo hoy, doy fe de que estudié, nos entregaron unos folletos con ejercicios y los de las asignaturas que debía examinar los hice todos.
En aquel entonces solo la de matemática era común a todas las especialidades, de acuerdo al perfil te presentabas a español e historia, biología y química o física y química. Claramente, estuve en el primer grupo, con el perdón de los apasionados de esas materias; la biología y la química nunca me gustaron.
El día de la prueba de matemática empezó el mundial de fútbol del 90, y me quedé en la escuela, el IPVCE José Martí de Holguín, viendo el juego Argentina vs Camerún, ahora gracias a San Google, compruebo que fue el ocho de junio, cuando llegué a la casa mis padres estaban desesperados.
Por supuesto, me parecieron muy desentonados con esa preocupación, a mi juicio excesiva. Y ahora estoy esperando por mi nena con un estado de ansiedad espantoso, sé que ha estudiado, pero tengo miedo de las confusiones, de las interpretaciones hechas de una primera lectura, hasta de los nervios o la presión que pueda haber puesto sobre ella.
Ser padres es una escuela en la que nunca nos graduamos, y hoy los míos nuevamente están preocupados, por el futuro de su nieta, como ya lo estuvimos todos por el de mi sobrino, y quizás ellos no entiendan, como no lo hice en su momento, la magnitud de esa nota.
No importa cuál sea el resultado, he de reconocer su esfuerzo y dedicación y si algo he aprendido es que muchas veces no basta, pero toda mi fuerza está con ella, no heredó mi gusto y habilidad para las matemáticas, las detesta; en tanto las considero casi como un pasatiempo y espero que descifre las ecuaciones del problema, que sepa orientarse entre ángulos y paralelas, que recuerde cada teorema, que no cometa un error de cálculo, pero especialmente que esté serena y satisfecha consigo misma. Porque no me importa lo que mi hija estudie, si cada día es al menos por un rato, una persona feliz.  

sábado, 22 de abril de 2017

Sin importar las creencias.



Antoñica Izquierdo
La existencia de Antoñica Izquierdo, conocida como la milagrosa, dejó una profunda huella en el imaginario popular de Pinar del Río, la figura de esta mujer a la que se le concedían poderes para curar mediante el agua, todavía pervive, a los seguidores de su fe se les conoce como Los Acuáticos, alrededor de ellos se tejen muchas leyendas. Hagamos un poco luz para separar sombras y destellos.

Por Yolanda Molina Pérez.
Fotos de Pedro Paredes Hernández.
 
A Antonio Rodríguez, como a cualquier guajiro le gusta estribar el taburete  contra la pared del portal de su casa y admirar el paisaje, comprensible con la vista que se extiende ante sí,  su vivienda está  casi en la cima de uno de los mogotes que circunda el valle de Viñales.
Siempre ha vivido allí trabajando la tierra, por algunos años fue obrero forestal “y cumplí con todas las tareas que me asignaron, yo estuve en muchos lugares gracias a eso, pero siempre volví aquí”, confirma con orgullo.
LA FAMILIA.
Sofía Domínguez su esposa por 38 años, oriunda de San Cristóbal, pero como el amor no sabe de geografía vino hasta acá para fundar una familia, lleva las riendas de la casa, pulcra y acogedora.
La vida no le dio hijos, pero si sobrinos y en la sala de su hogar dos de ellos recibían instrucción por parte del profesor Marcelino Collera Martínez, licenciado en Educación Primaria.
Hasta aquí nada inusual, pues es sabido que hasta en los más recónditos parajes de Cuba hay garantía de educación para todos, pero lo atípico en este caso es que esos niños no asisten a la escuela por voluntad de su familia y el programa por el cual reciben la enseñanza se centra solo en dos materias: matemática y español.
El maestro sube el empinado mogote para llegar hasta sus educandos.
Dayanis Pérez Miranda, la mayor de las estudiantes tiene 12 años y cursa el séptimo grado, mientras su hermano Rordanis está en segundo, a ojos vistas son niños como cualquier otros, con sus libros de textos, libretas y una improvisada aula en el comedor de la casa.
Al pequeño le atraen más las labores del campo que los estudios, así que siempre quiere andar tras los pasos de Antonio en la vega, pero la tía Sofía es inflexible, hay que atender al maestro y hacer las tareas, mucho más trabajo le cuesta forzarlo a llevar zapatos, pues prefiere andar descalzo y sentir la tierra bajo sus pies.
Sus habilidades para el manejo de animales ya son evidentes por la destreza con que se entiende con el perro y la chiva que permanecen en el patio.
Dayanis, luce más “urbana”, con uñas acrílicas, vestida a la moda, aunque muy tímida, el profesor asegura que es una estudiante magnífica, aplicada e inteligente.
Estudian en casa porque sus familias forman parte del grupo de personas conocidos como Los Acuáticos, quienes poseen la creencia de que el agua tiene poderes curativos, “cuando  no,  es porque correspondía la muerte y para eso no existe sanación.”
LA HISTORIA.
Antonio sentado en el portal de su casa.
El surgimiento de esta creencia, se remonta al año 1936, cuando en una madrugada Antoñica Izquierdo, (tía abuela de Sofía),  campesina de los cayos de San Felipe curó a un  hijo enfermo en las aguas de un río cercano, a partir de ahí dicen que muchos recibieron de sus manos la devolución de la salud.
Entre esos milagros evoca Antonio el restablecimiento de uno de sus tíos paternos y la disposición del abuelo a que la familia asumiera como propia la fe en los poderes del agua.
Hoy los practicantes insisten en que no es una religión, sino una creencia, ellos reconocen un Dios y la sanación mediante el preciado líquido, no tienen líderes, ni rituales, ni imposición alguna para sus descendientes, solo la certidumbre de que el agua cura.
En una misma familia hay hermanos que prosiguen con su credo, mientras otros acuden a la medicina, sin que esto interfiera con las relaciones, incluso matrimonios donde un miembro de la pareja se proclama como Acuático y otro no.
Hay varios asentamientos poblacionales de personas que mantienen viva esta fe, en las sierras de Viñales,  la comunidad de Munguía y en San Cristóbal, como ciudadanos tienen peculiaridades especiales, no poseen documentos de identificación, rechazan los servicios sanitarios del ministerio de Salud Pública, pero tienen pleno acceso a todos los derechos instituidos legalmente.
Antonio explica que aun sin carné ellos pueden hacer transacciones bancarias, contratarse en cualquier centro de trabajo, reciben la pensión por los años de labor, productos de la canasta familiar, integrarse a cooperativas, son beneficiarios de otros programas como la electrificación por medio de paneles solares, en fin cubanos insertados plenamente a la sociedad, pero optan por curarse por medio del agua.
MITO Y REALIDAD.
No escalé el mogote para hurgar en la vida de Los Acuáticos, al  sendero  abrupto y la cuesta empinada de la sierra del Infierno me llevó la promesa de poder tomar imágenes diferentes del valle de Viñales y así fue, pero más de una vez estuve tentada durante el ascenso,  por la fatiga física, a renunciar, valió la pena perseverar.
Sabía que ellos estaban allí, pero me habían dicho que eran reacios a hablar sobre sí mismos, herméticos, esquivos y encontré a campesinos afables, locuaces, hospitalarios, trabajadores, que dan cobija para el descanso al caminante, mientras ofrecen una taza de café recién hecho y hablan con convicción y respeto de su fe.
Roberto lo explica detalladamente: “es lógico que si uno cree en esto quiera que los suyos lo hagan también, pero cuando crecen ellos pueden elegir, yo tengo una hermana que va al médico y sigue siendo mi hermana, nosotros somos cubanos y hemos trabajado y participado en todo, pero no nos hace falta un papel para saber quiénes somos, ni ser como somos”
Y como para confirmar las palabras de su esposo Sofía añade: “en la vida me ha bastado con saber leer,  escribir, sacar cuentas y seguir las enseñanzas de mi papá que siempre decía no te metas en lo que no te importa, no partas a la primera y no robes”
MÁS QUE INSTRUCCIÓN.
Este matrimonio es una prueba de que la educación y la instrucción no son lo mismo, su hablar fluido, con buena pronunciación, sin palabras
Vista del valle de Viñales desde los mogotes.
mal dichas pone en duda la ausencia de estudios, no obstante aprueban que los menores reciban una mejor formación y ofrecen su casa para ello,  Marcelino, el maestro,  es siempre bienvenido.
Este hombre desafía el difícil camino dos veces a la semana para ayudar a los descendientes de Los Acuáticos a culminar la enseñanza primaria y secundaria;  con los programas y asesoramiento de profesores de los politécnicos del municipio ha sido artífice de que algunos  logren formarse como técnicos medios.
Está plenamente familiarizado con la perspectiva de ellos del mundo y la vida, también imparte clases en Munguía, allí tiene seis alumnos.
¿MARGINADOS?        
Quizás el mito más difundido sobre Los Acuáticos, sea el de una comunidad cerrada, marginados de la sociedad, sin embargo ellos no se sienten así, reconocen que en ocasiones han querido forzarlos a recibir asistencia médica, pero a la larga el respeto por su fe es mayoritario.
Entre las libertades de cada individuo se encuentra la de elegir su propia concepción del mundo y la manera de vivir dentro de los cánones sociales que establece la legalidad, son conscientes de su derecho a recibir gratuitamente servicios de salud, pero escogen no hacerlo y saben que si en cualquier momento deciden modificar su decisión, las instituciones existentes están a su alcance.