lunes, 14 de agosto de 2017

La carrera.




   Siguió corriendo despavorida por toda la calle, parecía infinita o al menos la oscuridad no dejaba ver el final, lo prefería así ante el miedo a encontrar un muro que le impidiera continuar alejándose, el riesgo al obstáculo  le menguaba sus fuerzas y no quería detener la marcha, pero sentía como la flacidez de los músculos los hacía fallecer ante la exigencia del esfuerzo.
   La pierna derecha le tironeaba, apenas podía respirar, el abdomen dolía y pesaba, no se atrevía a volver la cabeza para mirar atrás.
   ¡Maldito chocolate! ¡Malditas cervezas! ¡Malditas las cajetillas de cigarro que fumaba con fruición cada día! ¡Maldita la pereza que la tuvo lejos del gimnasio! Y malditas las salsas de su madre, las pizzas del vecino, los pudines de la abuela, las horas frente a la computadora, el helado, la malta, los plátanos maduros fritos, el refresco, la ensalada fría, el arroz con leche… Maldita la vida que la dejaba sin oxígeno para maldecir y correr.
   Tropezó y cayó, sentía los pasos que se acercaban veloces y esperó lo peor, no vio el rostro de quien llegaba pero supo que era un hombre, le tendió la mano, la  incorporó y ella le dejó hacerlo sin resistencia,  a pesar del  olor a alcohol. Habló con voz fuerte:
   - Señora se va a matar,  lleva más de un kilómetro corriendo y la rata se escurrió por la alcantarilla cuando usted gritó.

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