martes, 22 de enero de 2008

El Martí propio.

Cuando el 28 de enero de 1853, doña Leonor recibía en sus brazos al pequeño José Julián Martí y Pérez, seguramente no pensó ni por un instante que había llevado por nueve meses en su vientre al cubano que alcanzaría mayor trascendencia en la historia de esta isla.
Martí se inscribe entre lo mejor de la literatura cubana, no sólo en la prosa y el verso, sino también en el periodismo, a hombre digno se lleva las palmas de la austeridad, sencillez, honradez y dedicación; a patriota nadie le escatimaría el pedestal de forjar la génesis de la Patria.
Pero estas son verdades de Perogrullo sabidas por todos los que al menos una vez han entrado en contacto con su vida y obra, magnífica y diversa, eso lo ha hecho paladín de oportunistas, que aún sin adentrase en el dominio de su pensamiento, lo citan con desparpajo y roban a hurtadillas la esencia de su pensamiento.
Descontextualizarlo, desvirtuarlo, manipularlo, son algunas de las estratagemas más comunes con las que ha sido martirizado, claro que también están aquellos que son víctimas “inocentes” porque toman una frase de algún texto ajeno y sin buscarla en la integridad de la concepción martiana la traen a colación con la mínima excusa disponible, porque ser entendido en la obra martiana es un presupuesto de erudición.
Por suerte no son pocos los que han consagrado parte de su vida al entendimiento de la obra martiana y abundan los ensayos, recopilaciones e investigaciones sobre su existencia y trascendencia.
El verbo de Martí ha despertado encendidos elogios de hombres de distintas vertientes de pensamiento, entre los grandes que no le escatimaron enaltecimientos se encuentra otro José, Lezama, que por paradoja hasta le disputa en la historia el título de Maestro, como apelativo entre sus seguidores.
Sin adentrarnos en análisis de influencias, coincidencias, o despuntes de cubanía, como expresión íntegra de una nación, baste el libro Para leer debajo de un sicomoro, de Félix Guerra publicado por la Editorial Letras Cubanas en 1998 y que aglutina un conjunto de entrevistas realizadas al morador de Trocadero 62, en este volumen bajo el título “Pan diamantino para muchos otros amaneceres”, Lezama vierte una hermosa visión del Martí que él apresara, a mi juicio la más bella percepción que alguien haya logrado expresar sobre el apóstol.
Bordada con esa adjetivación peculiar que hizo al “gordo” singular y no se detiene a robarle la magnificencia, al contrario la enaltece hasta la cúspide misma de la elaboración, alabando la llaneza que a él se le escapaba entre los renglones, dice de los versos sencillos: “Pienso en ellos, algunas veces, como la flor primera, absoluta y total de la cubanía”
La oratoria no queda fuera de este acercamiento: “los discursos fueron su poesía de trinchera, sus alaridos para rebasar ridículas fronteras de tiempo y raquíticos límites de espacio”
Podría extenderme mucho más relacionando citas de las definiciones que ofrece Lezama sobre Martí, pero prefiero dejar el deseo de que se busque el texto antes mencionado, que por cierto conseguí mi segundo ejemplar en la pasada Feria del Libro aquí en Pinar del Río, lo encontré en un estante de libros viejos, y lo apresé con la premura de quien teme le arrebaten un tesoro, aún no me explico cómo había quedado allí, a un bajo precio, en perfecto estado de conservación y visible ¿?.
Lezama deja en claro en las páginas dedicadas al prócer que “hay masa por amasar y pan diamantino para muchos amaneceres”, aún hay tiempo de que los que se han quedado en la brevedad de la cita encontrada al azar, hagan su propia hogaza y alimenten el espíritu, desde la perspectiva martiana pero con una mirada personal, para tener al Martí propio, enero es propicio para el renacimiento del apóstol. .