lunes, 7 de noviembre de 2011

¿Exótica? ¡Quién lo diría!

Dicen que fue una hacendada camagüeyana, Monserrat Canalejo que la importó como planta exótica para su jardín, otros responsabilizan al botánico José Blaín por introducirla en el herbario que poseía por las inmediaciones de la zona de Taco Taco, provincia Pinar del Río y una tercera teoría sostiene que no se puede precisar momento ni lugar exacto, sólo que fue a mediados del siglo XIX y debió llegar proveniente de África, ahora salvo la claridad histórica eso nada aporta…
Y es que cuando llegó aquí se sintió como en casa, ¿quién lo duda?, basta mirar las cada vez más extensas “plantaciones” de marabú, para estar seguros de que será muy difícil hacer entender a generaciones futuras que se trata de una especie exótica y no endémica.
Es resistente, soporta las sequías, puede encontrarse en zonas geográficas desde 0 y hasta 1 500 metros de altitud, su corte o quema contribuye a incrementar el número de retoños radicales, y sólo se elimina con el desbroce o aplicación de químicos si esta se acompaña del uso de la tierra para fines agrícolas.
Según muchos expertos es casi imposible cuantificar a nivel de país la cantidad de recursos que se invirtieron e invierten inútilmente para su erradicación, aunque no faltan las experiencias tanto de entidades estatales como productores individuales, que desafían la fiereza de la tarea, ponen empeño, el seguimiento requerido y logran el propósito de mantener sus áreas libres de marabú, ojalá y fueran más.
Recorrer los campos, las carreteras y hasta las propias zonas periféricas de la ciudad da una medida de cuánta extensión de tierra está cubierta por esta planta que tiene varios usos y beneficios, pero ninguno comparable a la producción de alimentos.
Estadísticas oficiales publicadas inicios del presente siglo hablaban de 1 141 550 hectáreas infestadas, cifra alarmante si se tienen en cuenta datos que refieren la disponibilidad de sólo 6,6 millones aptas para la agricultura.
La proliferación del marabú no es un problema nuevo, pues desde el siglo XIX constituye una dificultad para el fomento agrícola, en especial en las zonas ganaderas pues los animales consumen sus legumbres y expulsan las semillas en las deyecciones, facilitando su propagación.
La madera de esta planta tiene diversos usos en carpintería, obtención de carbón vegetal, fines medicinales y si algo bueno hay que añadir es que su expansión ha puesto a salvo esas mismas hectáreas de tierra de la erosión y otros males asociados cuando carecen de vegetación.
Algunos especialistas hablan de la posibilidad de emplearla como biomasa para la generación eléctrica, pues con la maquinaria suficiente y una tonelada de petróleo podrían obtenerse 800 de este vegetal, que representa poco más de 13 hectáreas y sólo en un turno de trabajo, pudiendo ser fuente para generar el equivalente entre 267 o 400 toneladas de crudo en dependencia de la eficiencia con que se emplee.
Un cálculo alentador pero distante de implementarse, por lo tanto el marabú exige en estos tiempos una guerra hecha a conciencia, para que cada planta que se corte sea sustituida sobre la tierra por otra que reporte beneficio a la sociedad, hoy por hoy, no se generalizan sus usos ni aplicaciones, así que sólo es un arbusto dañino que limita el desarrollo agrícola de un país llamado a lograr la soberanía alimentaria, no por capricho sino por pura sobrevivencia, ante los destinos y vaivenes del mercado internacional, cada vez menos asequible a los países en vías de desarrollo.
No hay que implementar nuevos programas ni estrategias, se sabe cómo se puede erradicar el marabú, pero a los discursos y proyecciones verbales hay que acompañarlos de acciones concretas y seguimiento, no hay que hacer maratones para sumar cifras milenarias de hectáreas que en breve podrían perderse, sino de que cada una que se recupere siga siendo útil a la producción de alimentos.
Siglo y medio lleva este arbusto ganando espacio sobre la isla, tanto que ya “no le pega” eso de llamarla exótica y su proliferación motiva más de un sarcasmo, como ese de un funcionario que dijo que habría que probar a ponerla en los planes de siembra de la agricultura, para ver si de una vez por todas se erradica, o la de un colega que al regresar de un recorrido se quejó de lo cansado que estaba de “cortar” marabú, desde un ómnibus climatizado en el que recorrían las áreas que algunos directivos escogían para poner a producir…
Por estos días en que los fanáticos del beisbol reniegan de sus ídolos no han faltado quienes proponen dedicarlos a la faena, para que cojan la fuerza que necesitan en sus brazos.
Así que una vez más los cubanos encontramos la manera de reírnos de los problemas que nos circundan, pero sería excelente que entre risa y risa, vayan apareciendo claros en esos tupidos bosques que se tragan la tierra fértil y nos quitan de la vista la belleza del surco sembrado, ese que junto a la simetría ofrece la certeza de mesa servida y prosperidad.
También es una deuda con el futuro, que las mejores tradiciones agrícolas se van perdiendo en esta isla y no todo es culpa del cambio climático ni la crisis económica.

4 comentarios:

En Vida Real dijo...

Hola Yolanda, muy interesante tu reportaje sobre el Marabú. Leí que se cuenta en la isla con dos millones de héctareas estas matas y que con las mismas se podría generar energía eléctrica mediante la biomasa. Esa hierba mala, al final resulta ser bien buena. Saludos desde Panamá.

Yolanda Molina Pérez dijo...

El problema es que la posibilidad de usarlo con ese fin todavía no pasa de ser una hipótesis, y esa mala hierba se extiende cada día más, modificando la vegetación de nuestros campos y algo peor mostrando con su esplendor todo lo que queda por hacer en materia de producción agrícola, pues el marabú, no es otra cosa que la evidente ineficiencia de nuestra agricultura.
Sldos...

Animal de Fondo dijo...

Me encantó la entrada, Yolanda; aprendí a ordenar conceptos que tenía difusos, pero es que además lo expusiste de un modo magistral, aligerando con el humor en el momento preciso.
De veras que asistir a la expresión periodística de tu madurez es algo bello y que, de algún modo, me emociona, porque es ver también cómo limaste tus asperezas y fuiste desarrollando tu mejor sentido.
Un abrazo!

Yolanda Molina Pérez dijo...

Gracias por la generosidad de tus elogios, excesivos en mi opinión y lo digo despojada de cualquier falsa modestia, la madurez profesional en este oficio no sé en qué momento llega y es que con los años los tropezones nos quitan el equilibrio por más tiempo, al menos en mi experiencia, y me parece increíble que piensas que el humor lima mis asperezas pues en la mayoría de los casos se me cuestiona ese “tono”.
Antes he hablado de que mi sentido del humor a la larga me ha traído en la vida más problemas que ventajas, me cuesta aclararlo porque realmente es negro, a veces me asusta un poco por las niñas crezcan escuchándolo, pues de ahí viene el mío y a la larga la mojigatería social aprueba hasta la mentira o el engaño pero se escandaliza con una sátira, es una herramienta insuficientemente utilizada en la prensa nacional, muy a pesar de las palabras de Martí "El humor y la sátira tienen que ser para la sociedad como un látigo con cascabeles en la punta."
Hoy es el humor asunto de los actores y escritores del género, la prensa bajo el pretexto de la seriedad pasa de él en gran medida y yo autocensuro con creces lo que escribo, pues como te dije recibo muchas críticas por ese tono sarcástico, así que si las breves pinceladas dejadas aquí fueron de tu agrado me da mucho placer que así sea. Abrazos.