Más de una vez me sequé las lágrimas, tragué en seco o quedé en silencio porque temía desgarrar con la pregunta que saltaba, más de una vez sentí ese dolor físico ante la pena que te abruma y no sabes cómo manejar, vi llanto, oí de mucho dolor, fui testigo de amores no recompensados pero empecinados, robé algunas miradas, me traje en las manos unas escasas victorias y en las mejillas dos besos inolvidables, un montón de preguntas, unas pocas respuestas y la certeza de que apenas di el primer paso en este trabajo que hoy comencé, en el que pretendo acercarme a la vida, posibilidades y esperanzas de las tres decenas de niños autistas diagnosticados que viven en Pinar del Río.
Mientras conversaba con familiares y siquiatras, se acercó otra progenitora atraída por la presencia de la periodista, para ver si yo podía ayudarla, bastaba mirar la niña en sus brazos para saber que estaba enferma, Verónica, la madre me pedía que fuera su voz, ella una argentina residente en Córdova está en Cuba gracias a una cuñada que estudia en la Escuela Latinoamericana de Medicina y que hizo las coordinaciones precisas para que su pequeña fuera atendida aquí, con cuatro años de vida ha pasado en su país la mayor parte del tiempo corriendo de hospitales en hospitales sin encontrar un diagnóstico definitivo, deteriorándose de un modo ostensible.
No llegan a tres semanas su estancia en el hospital pediátrico Pepe Portilla de esta ciudad y al menos ya está más cerca de conocer los males de su hija, está claro que es una enfermedad genética, la niña que padece además una seria desnutrición tenía dificultades severas para alimentarse por el mal estado de las piezas bucales y en apenas 15 días lo que no había sido solucionado en años ya fue resuelto por el departamento de estomatología especial del policlínico adjunto al hospital.
Verónica insiste en agradecer el trato que recibe del personal médico, en resaltar la diferencia que establece la voluntad, en expresar su satisfacción por la calidad profesional de quienes están a cargo de la salud de su hija y aún cuando su verbo era optimista yo no lograba animarme mientras miraba el débil cuerpo de Chavesludmila, que lleva impreso la marca de la enfermedad.
Por la tarde al recoger a María Fernanda, mi hija menor en su círculo infantil, la sentí más efusiva en el abrazo y el beso de bienvenida, ¿ o tal vez yo lo disfruté más porque resonaban en mis oídos las palabras de Eylin la madre de Ale un niño autista de cinco años cuando me dijo “nunca me ha dado un beso”?
Regresé a casa y mi esposo se sorprendió cuando saqué de la cartera una botella de ron y un pomo de cola y pedí un trago con acuciante urgencia, hablamos de las historias del día, rebrotaron las lágrimas y entre tanto dolor eché de menos una fe que me permita dar gracias, por la salud, por la seguridad, por esas cosas comunes como el beso de mi pequeña o el abrazo de la mayor, ajusté mi prisma y hoy he visto mi vida desde una arista de fortuna que me hace hasta sentir culpable, me he cargado de nombres e historias que permanecerán más allá de la página impresa en la cual los haga periodismo, porque son existencias latentes que seguirán ahí después del instante en que ganen una plana, me asomé a experiencias que “hay que vivir esto para saber lo que es”, una ojeada de horas me ha dejado con el llanto a flor de piel, la incapacidad del sueño y una rabia enorme ante los “errores de la naturaleza”, pero siento entre todo eso una fuerza irrefrenable para desbrozar entuertos y ayudar a los que han sido recompensados con menos generosidad.