martes, 18 de diciembre de 2007

Nostalgia

Diciembre me ha caído encima como un aluvión, ha deshecho mis ganas de escribir, trabajar y amarró en bolsa bien apretada la risa, para colmo llega el clima y trae los primeros días fríos de este año propicios para acomodar el cuerpo sobre la cama y refugiarse debajo de las colchas, olvidando los requerimientos domésticos y laborales, pero hoy estoy tocando fondo, mi cuerpo está aquí en el occidente de esta isla, mientras mi pensamiento se posesiona de la casa de mis abuelos.
Esa gran matriarca que es la madre de mi madre está de onomástico, anoche aguardaron la fecha que para la familia es notable conmemoración y hoy el clan de los Pérez se reúne en horario de almuerzo alrededor de la mesa.
Con su carga de más de ocho décadas Esperanza estará supervisando todo, quejándose de sus achaques y agradecida de ver a todos concurrir con un beso, en la cama se irán acumulando los regalos y la casa será un encantador caos en el que cada cual tratará de contribuir a la celebración.
Son estos días en los que se me acrecienta el miedo a la muerte, a que este sea su último cumpleaños, son los momentos en que llueven los recuerdos de una abuela fuerte, trabajadora, preocupada en extremo por todos.
Doy gracias a Dios y la vida porque le ha permitido vivir lo suficiente para conocer la tercera generación de su prole, por esa lucidez práctica que ha conservado a través de los años, me quejo de que su corazón pene por los más nimios problemas de cualquier conocido, que la angina de pecho le acabe las fuerzas, que la obesidad y el tiempo le resienta sus huesos, de no poder estar a su lado por las mismas cosas de siempre: transporte, tiempo, trabajo…
Me alegra que sus bisnietas la piensen como la abuelita querida que vive en Oriente, que mi hija mayor me pida que le haga los boniatos como abuela Esperanza, que la menor la reconozca de solo un vistazo en cualquier foto, también me reconforta saber que aunque no estemos, flotará en un nube de afectos reciprocados por su entrega, que hasta los vecinos se sumarán al jolgorio, los sobrinos, hermanos y hasta amigos de sus descendientes que le tributan un genuino cariño…
Abuela, sé que alguien imprimirá estas líneas y las llevará hasta ti, por eso recibe un besote de tus nietas pinareñas y los votos de que podamos estar juntas muchas veces más, desafiando el tiempo, la muerte y la distancia, ¡FELICIDADES!

4 comentarios:

Lily Lara dijo...

No puedo negar que perder a la abuela materna es doloroso, lo fue para mi el año pasado, lo es aún más para mi madre en esta época, lo es aún para toda la familia. Disfrútala y dichosa ella que puede aún disfrutar de su familia.

Abrazos.

Yolanda Molina Pérez dijo...

Lily hay cosas en la vida por las cuales sientes un orgullo especial y te reconforta de alguna manera formar parte de ellas, eso sucede con mi familia, vivo orgullosa de ser fruto de la unión de seres especiales, que supieron formar una prole, respetuosa, instruida, de bien y capaces de amarse entre sí con una cosntancia de rocas, aunque no haya sufrido su pérdida de antemano sé cuan doloroso será, un abrazo Yolanda

María José dijo...

Yo no conocí a ninguna de mis abuelas, pero si tuve un Abuelo Materno, maravilloso, sabio, amable, caballero, super inteligente, que siempre me trato como una princesa ....como su chincolita (así me decía).
El falleció hace 7 años...y aun no me recupero....lo e necesitado cada día de mi vida....aún lo amo, aun lo necesito, aun me faltan sus cariños, aun necesito de sus concejos.....se que algún día nos encontraremos y sera en ese momento, cuando él me abrace fuertemente en que volveré a ser su chincolita.....Yolanda no te canses de decirle a tu Abuela lo mucho que la amas....mira que después ..es tarde.

Saludos,

María José

Yolanda Molina Pérez dijo...

Poder tener en la adultez recuerdos tiernos de la infancia, es una dicha inmensa, creo que si una certeza tienen mis abuelos es la del amor, nos educaron en él y en cada generación se les ha multiplicado con creces, por ser tan longevos la muerte es una amenaza mucho más latente, pero llevan en sus cuerpos el cariño inconmensurable de tres hijos, seis nietas y once bisnietos, que no les hemos escamoteado la reciprocidad, de todas formas, vale el consejo, porque nunca está de más que alguien nos diga cuanto nos ama