martes, 4 de diciembre de 2007

Olor de fin de año...

Por seis días no he tenido deseos de escribir, cada año al llegar diciembre cierta apatía, me domina y es que esta fecha al menos a mí, me vuelve propensa a la nostalgia, tal vez sea por la arraigada costumbre de hacer balances existenciales, ¿qué he hecho, qué me queda por hacer,cuánto tiempo me queda para hacerlo?
Por muy favorable que sea el saldo de lo alcanzado, siempre son mayores los proyectos y eso me provoca cierta ansiedad, me sorprendo a ratos hilvanando recuerdos de mi infancia, relacionados con esta época, las fiestas familiares, un año con el clan materno y el siguiente con el paterno, la añoranza por las que ya no están, esos tíos y tías inolvidables que la muerte le escamoteó a mis hijas, los olores de las comidas típicas en estos días, el ritual de los preparativos, los viajes si íbamos de visitas, los arreglos si éramos los anfitriones...
En la medida que pasa el tiempo siento como se magnifican esos recuerdos y a la distancia que tengo los míos, voy sumando los años en que no tengo el beso de mis padres, la bendición de mis abuelos, el abrazo de mi hermana, las bromas de mis primas...
Siempre lo celebramos aquí en casa, pero cuando las doce campanadas me avisan el nacimiento de un nuevo período para contar la vida, las voces que llegan del otro lado del teléfono no me ofrecen la dicha esperada, son la confirmación de que los brazos contienen a mi pequeña familia propia, pero que no pueden llegar a las raíces, que una vez más fui la ausente evocada en historias de vivencias anteriores, el tema de amigos y familiares que pasan por casa y preguntan ¿Yolandita y las niñas, están bien, cuándo vienen?.
Quiero beberme los detalles de cada cosa que hicieron, puedo imaginar el jolgorio, la risa, oler el congrí de mi madre, los chcicharrones de tío Enrique,la carne asada, escucho los dime que te diré del juego de pelota de mis primos sobrinos, los comentarios de mi abuela, los chasquidos de lengua de tía Esther y su risa mordida, la música, los desafíos sobre la sala convertida en pista de baile, el patio en recepción, la cocina en centro de convención femenina, el caer de los platos y cubiertos que constantemente se lavan y ensucian, la voz que pide una silla para el último que llegó y enseguida reclama el vaso para ofrecer el ron, la cerveza o el vino, veo el brillo de los ojos de dos ancianos complacidos por la familia que fundaron...
Y no puedo ver más... aquí llega el tiempo a recordarme que mis casi nonegenarios abuelos, sintieron mi ausencia, y sólo pido que algún día mis hijas, y sus descendientes, puedan recordarme como la fuente de dicha y seguridad de bienestar que rememoro en ellos...
Cualquiera diría que entre tanta nostalgia me agobia la infelicidad, pero no, tengo la suerte de un amor por el cual conscientemente tomé distancia geográfica de los míos, pero hay cosas que solo pueden venir de ellos, nadie te acuna en un balance como una abuela, no hay abrazo como el de mi hermana, ni te quiero como el de mi sobrino, o motes como los de mi madre, y nadie me mima como mi padre...
A estos mil kilómetros que a veces se vuelven insalvables, escondo la nostalgia, escojo cada palabra sonora que pueda hacerlos creer que sonrío y envío un escandaloso beso inalámbrico en el que agonizan mis sollozos... mis fines de año huelen a nostalgia, familia y también a felicidad...