martes, 17 de junio de 2008

Síndrome de cubanos.

Puede decirse que los cubanos de más de 25 años padecemos de un síndrome que podríamos llamar el "¿Tú te acuerdas...?", a partir de esa pregunta se desencadena una serie de evocaciones de los años 80 del pasado siglo, en los cuales había bonanza económica en el país, formábamos parte del extinto campo socialista, existía el CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica) que permitía la especialización de los países y a Cuba le correspondía en lo fundamental la producción de azúcar.
No había dificultades para comprar maquinarias, el petróleo llegaba en cantidades más que suficientes, incluso un país tropical como el nuestro importaba ¡encurtidos de ensalada!, los mercados abarrotados de productos, a precios asequibles, el salario alcanzaba, en fin...que son los gratos recuerdos de un pueblo que se equiparaba a naciones desarrolladas.
Pero como casi siempre sucede con las cosas que no dependen exclusivamente de uno, se derribó todo de la noche a la mañana y entonces entramos a la década de los 90 con el Período Especial...
"Mamá ¿por qué le dicen que es Período Especial si todo era malo? y lo especial es bueno", pregunta mi hija de nueve años y le explico que es una forma abreviada de algo más grande: Período Especial de Guerra en Tiempo de Paz, me ahorraré que tuve que explicar que es opción cero y economía de guerra, pero no me ahorraré las comparaciones que tuve que hacer para que ella viera que ahora son tiempos mejores.
En aquel entonces no aparecía de nada, un jabón podía costar hasta 60 pesos y feliz de encontrarlo, el dinero sobraba porque no había en que gastarlo, un libra de carne de cerdo hasta 150 pesos, esta se equiparaba inmediatamente al precio del dólar en la bolsa negra, no había Casas de Cambio, los apagones duraban tantas horas que no era necesario descongelar los refrigeradores, la grasa, los condimentos, todo era escaso y cualquier cosa que ahora para ti es normal era realmente un lujo, como las galletas saladas o de dulce...
La explicación fue mucho más extensa, pero después de esta conversación con ella reflexionaba en la naturaleza humana que ahoga los malos recuerdos, poco hablamos de esos momentos y lo hacemos como de pasada, para no recordar las carencias vividas, sin embargo deberíamos volver a ellos con más frecuencia para buscar un poco de optimismo y ver como hoy las cosas avanzan hacia la normalidad.
No voy a pretender que volvimos a la bonanza de los 80, pero las cosas que tenemos ahora, pueden variar y sufrir los efectos de la economía mundial, como parte del mundo globalizado en el que vivimos, pero estamos mucho más amparados que en aquel entonces y es que ahora las soluciones vienen más desde dentro.
Volvemos a tener redes gastronómicas, adiós a los apagones, poco a poco se revitaliza el transporte, se reparan policlínicas, hospitales y escuelas, volvemos a sentir el olor del asfalto recién vertido, las redes comerciales en moneda nacional poco a poco van poblando sus desabastecidos estantes, comenzamos a establecer la correspondencia entre productividad y salario ¿qué aún no es suficiente?
Lo sabemos, pero saber que salimos a flote después de tocar fondo debe concedernos la fuerza suficiente para nadar a contracorriente y encontrar tierra firme, cada brazo que se sume nos acercará a la meta.
Podrían ser estos malos recuerdos un acicate para el futuro, el punto al cual no queremos volver, y una vez dejado atrás la mirada al frente y el paso seguro para no caer.
Y sí seguiremos recordando los años 80, pero no como algo imposible, sino como el punto de referencia en el cual perdimos el camino, cuando lleguemos a él justo entonces comenzaremos a buscar la ruta hacia etapas superiores.
Muchos de los jóvenes de hoy no recuerdan ni el Período Especial, sería sensato en vez de recordarles lo bueno que fue antes de él, hacerlos notar la diferencia con lo que tienen hoy, tal y como hicieron nuestros abuelos para establecer el punto de giro que significó la Revolución.
La recuperación que hoy se percibe en muchos sectores es un acto de renacimiento que nada tiene de milagroso y sí de resistencia, esfuerzo y estrategias acordes a estos tiempos, valoremos lo que poseemos en la justa medida de lo que vale, que nuestra avaricia, puede enojar al camarón encantado y privarnos de lo que tenemos.