lunes, 26 de diciembre de 2011

Por nuestro tiempo


En milenios de evolución, el hombre encontró y encuentra maneras para desentrañar numerosos misterios, pero el tiempo continúa siendo un enigma, hemos aprendido a contabilizarlo, fraccionarlo en expresiones tan mínimas que son apenas términos matemáticos, que vivimos y experimentamos pero no de manera consciente.
El tiempo es una añeja obsesión, desde el momento mismo en que como especie entendimos que en la medida que él transcurre, nuestra vida se consume, podemos hablar de pasado, incluso teorizar sobre hechos ocurridos hace millones de años, tampoco escapa el futuro a esas fabulaciones, e incluso en más de una ocasión los humanos no sólo igualamos, sino que sobrepasamos, lo que un instante atrás parecía utópico, pero nada de eso compensa que siga este señor siendo un escurridizo duende que se lleva en cada minúscula partícula la existencia de todo, a pesar de la naturaleza intrínseca  de cada cuerpo.
Quizás algún día podamos guardar nuestro tiempo en un banco, o debajo del colchón, tal vez necesitemos de un jardín para poder cultivar las flores horarias, como esa belleza irrepetible que describe Michael Ende en su novela Momo, pero en tanto sepamos cómo controlarlo, el único recurso a mano sigue siendo aprovecharlo.
Y por estos días cuando la renovación de votos y proyectos, personales, familiares y colectivos es cosa común, nadie debería de olvidar el carácter irrecuperable del tiempo, cada instante dejado a la inutilidad no es sólo un fracaso individual, es una derrota de la especie ante la inmensidad del Universo,  que nos integra y absorbe.
Aprender, hacer bien, amar, reír, divertirnos, soñar, son algunas de las cosas buenas que nos deseamos a nosotros mismos y los seres queridos, pero cada hombre o mujer debería también proponerse a sí mismo llorar por el dolor de su semejante, sufrir por la pena del otro, cuidar por el bienestar de aquellos que están fuera de su afecto o vínculo directo y es que en épocas tan desoladoras parece que sólo un retorno a lo mejor de la naturaleza humana pueda salvarnos.
Y no hablo de sobrevivir como entes individuales, sino de perdurar a pesar del tiempo, el calendario y los pretextos;  a despecho de éxitos y derrotas;  por encima de fronteras razas y creencias; desentendidos de riquezas y poder; ajenos a todo cuanto no sea para el mejoramiento, la paz y el bienestar de TODOS.
Parece hasta tonto el sólo expresarlo en palabras, pero será la desnudez del alma la que vuelva a darnos abrigo para retejer sueños y esperanzas, para que millones de personas no mueran de hambre en un planeta capaz de alimentarlos;  para que no fallezcan por desconocimiento o inaccesibilidad a los recursos los que lo hacen por males no sólo curables, sino evitables. Hará falta mucho bien sobre esta Tierra para que aprendamos a respetar las diferencias, sin convertirlas en enfrentamiento, pero sobre todo nos va faltando humildad para no creernos por posición geográfica o económica unos mejores que otros.
Todo parece indicar que el 2012 no será el fin de los tiempos, quizás pudiese ser el renacer de nuevas eras carentes de envidia, guerras o males afines y aunque por el momento nada parece vaticinarlo, nos queda la posibilidad del milagro, o mejor aún si un simple aleteo de mariposa podría desatar el caos, ¿cómo no creer en el alcance del aporte de cada proceder individual?
Juntémonos en el deseo de que el año por llegar  sea propicio para la salud, el amor, la prosperidad y la suerte, que parecen ser pilares fuertes sobre los cuales hacerle un templo a la FELICIDAD.