jueves, 6 de noviembre de 2014

Nunca más abriré la puerta de la casa y estará ahí parado frente a mí con los restos de una cabellera blanca sobresaliendo bajo la boina, nunca más compartiremos una taza de café, o nos carcajearemos hasta perder el aliento, nunca más intercambiaremos bromas sobre esas cosas cotidianas de las que es mejor reírse que pensárselas, nunca más nos burlaremos de la adversidad o compartiremos una cerveza bien fría, como le gustaban a él, nunca más llamará preguntando por todos en casa, pendiente de los cumpleaños, la salud, el trabajo…
Nunca más estaré una mañana de sábado o domingo esperándolo y es que nunca más Ary Fernández tomará vida para ofrecérnosla con la generosidad que sólo él sabía hacerlo. Preocupado por el bienestar de otros más que del propio.
Hoy murió un gran neurocirujano, pero la excelencia de su desempeño profesional palidece ante el ser humano, siempre será para mí un hacedor de esperanzas, un hombre al que por su energía era difícil verlo como un anciano, con sus maneras de caballero, la impecable manera de vestir, la constante referencia a su esposa para todos Rafaela y para él: Mica.
Ary deja tras de sí a una familia que le amaba pero más allá de los vínculos sanguíneos los amigos y pacientes sentíamos por él una veneración indescriptible, la ganó con la devoción por su trabajo.
Lo recuerdo emocionado cuando le mostramos el primer corte del documental que le hicimos, feliz como un niño en la premier o cuando la presentación en el Festival Internacional de Cine Latinoamericano de La Habana, contando como lo llamaban a raíz de su publicación y calificándolo como “el lacrimógeno”, porque casi todo el mundo le decía que lloraba al verlo.
Ary será una gran carencia en todo lo que nos queda de vida, y se fue en deuda conmigo, porque alguna vez ante el gozo que le produjo el documental me preguntó ¿cómo yo puedo pagarles lo que ustedes han hecho por mí? Y por aquello de que el trabajo no se regala, lo dejé bien claro: “me viene a ver todas las semanas, nos tomamos una taza de café, hablamos un poco de la gente y estamos en paz”, pero ese precio llevaba implícito que el acuerdo era por muchos años, lo conocimos por menos de 36 meses y llegó a ser uno más de los nuestros, alguien que conquista de esa manera no debe estar por tan poco tiempo.
Vuelve la muerte triunfal a ganar la partida, y trunca la existencia de alguien dejándonos la vergüenza del dolor, la impotencia ante lo inevitable y la desesperanza al constatar nuevamente la frugalidad de nuestras existencias. Adiós doctor, en nombre de tantos que lo seguirán llamando profesor, de los que lo seguiremos recordando, de los que salvó, de los que curó, de los que acompañó, pero sobre todo en nombre de la medicina cubana en la cual dejó una huella, moldeada por los conocimientos, el espíritu emprendedor y la sensibilidad exclusiva para el tratamiento a los enfermos y familiares.
Un beso, que dure el tiempo en que volveremos a vernos, en futuras reencarnaciones, donde coincidiremos en algún lugar bebiendo una taza de café caliente, fuerte y con poca azúcar, hasta entonces sepa que cada día levantaré la mía pensando también en usted.