viernes, 20 de marzo de 2015

Ventana para la comunidad.



Una, dos, tres, cuatro… veces el aroma del café inunda la casa y llega en tazas hasta el portal, a veces Daisy las conduce, otras Miguel porta la bandeja y el exquisito brebaje que bebemos sin prisa, incentiva la charla que se mueve en espiral buscando siempre más allá de lo real y circundante.
Es agradable visitar un lugar donde te sientes como en casa, la brisa que corre por el portal, los confortables sillones y la excelencia de la compañía adormecen el cuerpo y agitan el pensamiento en intercambio constante de ideas. El diálogo fluido pausa el tiempo,  a horcajadas sobre un mogote el dios Crono  cuestiona sus poderes.
Miguel vuelve una y otra vez sobre las bellezas del paisaje, los testimonios exclusivos que atesora de ese andar peregrino entre montes para encontrar la historia en voz de los protagonistas, las cuartillas por escribir, las cosas por contar…Daisy dibuja en el aire los logros de sus muchachos y es fácil imaginar el escenario, el deslumbramiento de los espectadores y el regocijo es palpable por las victorias ajenas que siente como propias.
Y entonces yo, con la manía del periodismo pienso en la frase “rescate de la cultura y tradiciones locales”,  la siento  vacía, hueca y sosa, porque de tantas veces hecha por mano propia o de colegas, ya es baladí;  no alcanza para la obra que ellos tejen en su comunidad, tampoco creo que la palabra amor pueda contener la pasión de su labor y siento la poquedad de los vocablos ante la ilusión de alimentar sueños.
Sentados en el portal, Miguel, Daisy, mi esposo y yo jugamos a las cartas, repartimos juego y vamos poniendo sobre la mesa los proyectos comunes e individuales, y no vale la pena negar que  mientras alguien baraja,  una mano deja caer los dados de la desilusión, levantando molinos derribados o vislumbrados en el horizonte, pero con el próximo naipe ya olvidamos la derrota,  de nuevo trenzamos esperanzas.
Miguel y Daisy son un matrimonio viñalero para quienes su tierra es la mayor fuente de inspiración, la casa dejó de ser el espacio familiar para formar parte de la comunidad, ellos abren desde su portal una Ventana al Valle, que es más que un proyecto sociocultural, para ser alma patrimonial.
Aparece de improviso algún integrante, autoridades del Partido, el Gobierno, la Juventud, Educación, Cultura, solicitando un guión, la concepción total de un espectáculo o algún solista en particular, ya sea declamador, bailarín…
La dinámica hogareña gira en torno al proyecto Adriana y Malena, sus hijas  forman parte de él, y la casa es sede, almacén de vestuario, de instrumentos musicales, dirección, local de ensayos, centro de información, con una multifuncionalidad que embriaga de optimismo.
Miguel y Daisy son promotores naturales, les preocupa y ocupa lo mismo una décima, un evento, un baile, un testimonio, el medio ambiente, la música, la literatura…el barrio, el municipio, las comunidades a las que llegan de paso como portadores de cultura, entretenimiento y arte.
Ya han sido muchas las horas de conversación y pocas las visitas, no tenemos evidencia gráfica,  nos sentimos tan a gusto que las cámaras quedan en sus maletas, uno no va a la casa de los amigos a trabajar. Las fotos que acompañan este trabajo fueron tomadas del sitio oficial del proyecto  Ventana al Valle.
Tal vez sea por sus dones de anfitriones, por la magia de los mogotes que tienen regada en su patio, por un optimismo contagioso, quizás sólo sea el encanto de dos buenas personas que comparten con generosidad impropia de estos tiempos, pero en casa de Miguel y Daisy todos parecen amigos desde la infancia, la conversación se torna confidencial a los pocos segundos, y entre tazas de café, saludos y cigarrillos el tiempo se escurre con imperceptibilidad pasmosa.
Daisy Amador Marrero, licenciada en Español y Literatura y Miguel Ángel Díaz Catalá, escritor, llevan la batuta de un grupo de niños, jóvenes y adultos que encuentran a través de sus talentos artísticos la utilidad de la virtud.