lunes, 22 de octubre de 2007

Además del condón

Por Yolanda Molina Pérez.

La semana pasada en las páginas de Guerrillero, se publicó una información sobre el crecimiento de las personas contagiadas con VIH, sin ánimos catastróficos, son bastante alarmantes.
Si somos un pueblo de personas cultas e instruidas, si las campañas de prevención cada día, llegan a más sitios y sectores poblacionales ¿cómo es posible que aumenten los contagiados?, ¿por qué no son efectivas tantas acciones educativas realizadas a tal efecto?
En el plano personal soy del criterio que prevenir el VIH, no es sólo cuestión de divulgar el riesgo, abogar por el uso del condón y generalizar su venta hasta el punto de incluirlo en las cartas de algunos restaurantes, se requiere de cambios culturales y modificación de patrones educativos.
Está demostrado que hoy día los jóvenes comienzan a tener relaciones sexuales en edades más tempranas, y podríamos achacar al desarrollo social y a la libertad que tienen para escoger sus propias oportunidades, sin embargo creo que la educación sexual que reciben en la casa y la comunidad es el preámbulo de estos hechos.
El niño aún no tiene un año y ya la familia celebra que el nene, mueva el dedito obscenamente o haga movimientos pélvicos pronunciados cuando le pregunten “¿qué tú le vas a hacer a las niñas?”, pero los padres de las nenas no se quedan atrás y la enseñan a decir que el galán de la telenovela de turno es un mango, o la hacen “novia” del más agraciado o próspero chiquitín contemporáneo del barrio.
Antes se les preguntaba a los pequeños por sus amiguitas y amiguitos del círculo o la escuela, ahora todos quieren saber cuál es su novia o novio dentro del grupo, no es preciso criarlos en un mundo ajeno a la sexualidad, pero tampoco es preciso la incitación a ese mundo, para el niño que antes del año ya amenazaba con penetrar a sus futuras conquistas, le será muy difícil de joven asumir de joven un noviazgo, de los reales, de los que no incluyen cama aunque si otras manifestaciones de la atracción sexual.
La tigresa no enseña a sus tigrecitos, a montar a la hembra, el instinto los guiará en el momento justo, y los humanos además del instinto tenemos la inteligencia y el mundo sentimental, si nadie trata de que un infante pequeño resuelva una integral matemática ¿entonces por qué les descorremos el velo de la inocencia y les invadimos la infancia con intimidades y deseos de la adultez?
El padre de una amiga nos decía que la pérdida del respeto por la virginidad nos estaba privando de conocer y explorar otros campos de la sexualidad, que nunca íbamos a ser capaces de hacer el amor por varias horas ininterrumpidamente, porque lo que hacíamos era fornicar y nos privábamos de la posibilidad de un largo período de excitación que no necesariamente tenía que concluir con la penetración.
Hace más de 15 años que recibía esos consejos, ¿qué queda para aquellos que desconocen los encantos del romance?, ¿para los que nunca han disfrutado de una noche concluida al alba de diálogo y besos?, una colega madre de adolescente me decía que ella ha descubierto no sin asombro que aún quedan restos de ternura, que ha sido testigo de poemas, flores e intercambios fructíferos para la inteligencia, pero sabe que no son la generalidad.
El VIH no sólo se previene con condón, el amor, el respeto, la estabilidad, la fidelidad, son también eficaces maneras de ponerse a salvo de esta epidemia, la atracción física es un fuerte impulso, y una noche puede terminar en una desenfrenada práctica sexual, pero en esa cama (portal, callejón, pared, baño…) habrá habilidades, vigor, fuerza, deseo, suspiros y carne jadeante, pero la ternura del amor estará ausente, y no es que este sentimiento excluya el empleo del preservativo, pero la relación de la pareja lleva mucho más que sexo y cuando sean más los que transiten por la vida, sin pensar que el mundo es un agujero a penetrar o un pene a deslumbrar, seguramente habrá menos personas viviendo con el VIH.
No preconizo el falso recato de una moralidad condicionada a la conducta sexual, sino que esta sea una faceta plena en cada hombre o mujer, sin competencias, ni metas, con responsabilidad y conciencia.