lunes, 22 de octubre de 2007

Pretextos de amor

PRETEXTOS DE AMOR.


Por Yolanda Molina Pérez.

“…lo único que no se puede perder es la capacidad de amar” martilleaba constantemente en su. memoria, era sólo el final de una frase, sabía que al principio había una enumeración de cosas prescindibles, pero cuando emergió de sus recuerdos apenas pudo apresar estas pocas palabras, quizás porque en ellas adivinaba un vaticinio fantasmagórico para su futuro.
Nunca supo cual fue el momento en que comenzó a asustarlo la idea de no poder volver a amar, pero lo cierto es que se había convertido en una obsesión, comenzaba una relación y empezaba a buscarse las razones para enamorarse, mientras más desenfrenadamente lo intentaba aparecían los desencantos y decepciones.
Le costaba entender que no es cuestión de proponérselo e intentarlo, mucho menos resignarse, quería volver a sentir ese desespero propio de la pasión, vivir pendiente de una llamada, el mínimo tiempo disponible para compartirlo, el deseo irrefrenable del contacto con la otra piel, seguro de un tiempo y un espacio, sin planificar encuentros.
Si al menos no hubiese sido consciente de que le faltaba a su vida podría considerarse feliz, seguir ofreciendo caricias por hambre de carne y saciar el cuerpo, sin embargo no pecaba de ignorancia, a sus manos y sus labios les faltaba la fuerza del sentimiento, eso volvía antinatural y fingido un insignificante acto de cariño.
Nunca careció de alguien con quien pasar un buen rato, incluso hasta un excelente rato en el cual se olvidaba de sus miedos, un tiempo en el cual se resguardaba detrás de una máscara de plenitud y satisfacción, para después salir de ese caparazón más necesitado que nunca de ser carne verdadera, estremecida por afectos y no por placer.
No le bastaba saberse capaz de otros amores; la familia, los amigos, le preocupaban y ocupaban, era una manera de estar vivo y a salvo de la infertilidad espiritual, pero en los mejores momentos a la sonrisa le restaba brillo el ceño fruncido, una carencia latente ¿a quién se le ocurriría divino o natural concebirnos para vivir en pareja?
Conocía de una antigua leyenda según la cual en el inicio fuimos hombre y mujer en un solo cuerpo, pero la ira de un Dios nos dividió y obligó a pasar por la vida buscando siempre esa otra mitad ¿cuántos habrán logrado encontrarla?; a su juicio varias veces creyó tenerla al alcance de la mano, pero siempre fue como un destello, un deslumbramiento, hasta dudaba de si serían reales o una alucinación.
Dentro de sus miedos, era uno de los peores pensar que las oportunidades reservadas para él por el destino ya se habían agotado, que pedir más era pecado, se arrepentía de sus culpas y errores, juraba a sí mismo cuan cuidadoso sería para no volver a fallar, pero muy a pesar de sus planes no se le presentaba la ocasión de enmendarse.
Le espantaba la imagen de una cama vacía cuando veía las canas y arrugas multiplicarse, vivía en una carrera contra el tiempo escamoteándole a cada jornada minutos, segundos para dedicarlos a lo que comenzó a considerar sus prioridades.
Los planes tejidos a inicios de la juventud se deshilaron, rehacía a diario tramos en las condiciones actuales, par descubrir al día siguiente que era preciso retocarlos nuevamente, así es difícil dominar el futuro, si al presente no lo controlas, tuvo días de mucho desánimo, donde la ira, la frustración y la desesperanza se entremezclaron hasta derrotarlo, pero no moría y el instinto de sobrevivencia lo tornaban una vez más a los senderos de la existencia, buscando atisbos en los cuales erigir su optimismo.
Los encontraba, los perdía y en ese intervalo se le estaba consumiendo ese efímero período llamado vida, cada vez que lo percibía replanteaba estrategias, modos de subsistencia y hasta posturas a tomar en el momento del éxito y la calma.
Lo intentó todo; terapeutas, adivinos, azar, pero nada resultaba, comenzó a dudar de sí mismo y de los otros, la sonrisa fue trastocándose en mueca, el placer en meta, la familia en carga, el hijo en obligación, el trabajo en ocupación, las fiestas en compromisos sociales, los amigos en socios, las mujeres en trofeos…
Pasó cada instante de su existencia planificando cómo encontrar el amor y que haría para retenerlo, cuando a los 80 años agonizaba en una cama con la mano de su hijo sobre su pecho, lo asustó la soledad de aquel joven sin hermanos porque nunca apareció la mujer ideal para ser la madre de ellos, sintió la ausencia de la ternura femenina en su lecho, repasó sus defectos y los comparó con los de las que habían sido estrellas fugaces en su cama, sonrió burlándose de su propia severidad.
Entendió que el amor puede ser la sorpresa que llega y domina en un instante o según sus caprichos se anida por largo tiempo escudado en otros sentimientos y un buen día se muestra en su esplendor.
El amor nace sin rutinas ni fórmulas hechas, puede ser sereno o tormentoso, desconoce esquemas, destinos, pero llega, al menos un instante antes de la muerte a culparnos por no haberlo dejado ser feliz.